Víctima de Robo
Che país jodido… bien suena el concepto de entender las secuelas que un país de hambre carga consigo… la propiedad, qué es eso sino un lujo burgués, la plusvalía vuelta mercancía y excedente cosal, innecesidad aprehendida… tan en vano es jugarla por lo legal como no hacerlo… el infringimiento de la propiedad, la violación del espacio, la indignidad conformista, la lamentación, el último recurso: el goce del rol de víctima. El sistema se alimenta y se sostiene por su justicia propia. Algunos que legal y casi descaradamente robamos a otros, otros, que tan fácil como nosotros, agreden brutalmente lo reclamado por propio. Es la propiedad riéndose en la cara y el berrinche caricaturizando el drama.
blabla
Tras la voluntad inherente a todo decir, tras la falta de olvido... ¿Qué le queda a la idea si no es poetizar? ...jugar con sus raíces para crearse cielos... revolcarse en sus contrarios para reír con el goce estético, con el goce inventado, con el espacio en que el “para” es siempre para sí... para nada... en que la vanalidad total brinca tan alto como el sentido pleno... el lenguaje, el entendimiento, el significado de lo inalcanzable en lo común, en lo funcional... donde lo único lejos aquí fue el intento por teorizarlo, por entenderlo, por pensarlo... la filosofía en su absurdo juega con esta construcción y destrucción de lo que se inventa... juega a ver lo que no ve para luego gritar que no lo ve... la filosofía solo se entretiene, ha olvidado el olvidar, graba consigo el espejismo de un narcisismo estancado en ismos jaja, en nombres, en conceptos, en dilucidaciones, en nostalgia de aquellos que no supieron regresar al silencio, al espacio en que el lenguaje no se impone, al contacto con la vida desde la intuición. La filosofía llora cuando recuerda las bases de su juego... el autoengaño.
El otro
Una reflexión de la individualidad que me es propia requiere de una previa e inherente concepción del otro. El otro es pues, a la vez, una negación y una figuración de lo que soy. En él veo reflejadas tanto mi diferencia, puesto que no es lo que yo, como mi similitud, puesto que nuestras experiencias frente a nosotros mismos comparten un terreno común: el de la determinación mía por él y viceversa y el de un tiempo y un espacio concretos en que nuestros modos culturales se acompañan. El otro, y a manera de Sartre, es la mirada reificante, la que me detiene y motiva a apropiarme de ella, a influenciarla, a complacerla pero en realidad a sólo imaginarme que la hago mía. Su juicio me abandona en la incertidumbre de su contenido.
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