La reiterada asociación de lo político a la palabrería diplomática y prometedora de unos cuantos no está tan lejos de representar la perspicacia de una observación que detecta el elemento clave de la ordenanza de todo acto político, esto es, el de una intencionalidad disfrazada. Así, la política en su acontecer, se manifiesta desde un duplicidad que juega engañozamente con argumentos justos, democráticos y de bien común, bajo los cuales, sin embargo, yace fuertemente una aspiración propia a ser quién rige el poder y no quién solamente aspira a él. Esta motivación que no esconde otro interés que aquel determinado por la posición económico-social que el individuo ocupa en su medio, es tan tenaz que le exige involucrarse estratégicamente en la lucha por el poder.
Ahora, y a pesar de que la actitud recién descrita no parezca del todo digna, la cuestión no implica un señalización de aprobación o desaprobación moral puesto que solo responde a condiciones sociales y, la mayor parte del tiempo, a incitantes económicos. Atender o emitir este tipo de juicios sobre la falta de compromiso social de los representantes u objeciones similares, implicaría tratar de abordar la política desde su margen erróneo, es decir, desde el margen del artificio. Sería seguir creyendo en la funcionalidad de una democracia tan encantadora al oído como caduca en la práctica. Es curioso, sin embargo, que aún arrastremos mucha de esa actitud de indignación atiborrada de condiciones ideales de justicia, pero también es difícil no hacerlo frente a lo inherente de este precepto en nuestra "cultura de la legalidad" y la desfachatez, cada vez más cínica, de aquellos próximos a desempeñar algún cargo gubernamental. Muestra más grotesca no hay que la burla de los actuales candidatos a la presidencia. Es el estado real de la democracia en su mayor tono de transparencia, en su mayor manifestación de estupidez, en que ahora las artimañas políticas garantizan su puesto por el spot publicitario que mejor pueda alegorizar las problemáticas nacionales traduciéndolas a la simbología de un niño: un jaula que se abre con Campa, una torre de ladrillos que se cae a causa de Andrés Manuel y por figuración de Calderón, tres trajeados carcajeándose cual bruja de cuento simulando a Calderón y sus aliados por López Obrador, un villano bigotón orinándose por miedo a Madrazo...
Claro está que el todavía sorprendernos de actos como estos, como ya dije, no responde a otra cosa que a perpetuar una idealización de lo que es justo que, debo admitir, hasta ahora me es inevitable. Aún así, es necesario reconocer que este término, esta abstracción, no es más que eso: un vacío al que le atribuimos un estado perfecto de cosas sólo concebible por nuestra propia mente. De remontarnos al origen del término "justicia", la encontraríamos como la creación de un estado de cosas perfecto, en que lo perfecto es conectado como un ejercicio de asociación entre distintos elementos identificados entre sí como semejantes cuya identidad es la misma. Esto pues, yace en la abstracción y, por lo tanto, carece de su aplicación práctica. Pide más de lo que alguna vez pudo haber tenido. Como decía Sloterdijk al referirse a nuestra razón como aquella a la que le es consustancial querer más de lo que puede:
"Hasta cierto punto, tiene que dejarse atrapar por la apariencia que ella misma ha creado en forma de idea metafísica. Finalmente, al reconocer sus propias fronteras y su propio juego infructuoso con las ampliaciones de las fronteras, se descubre el esfuerzo propio como inútil (...) Quien prosiga con la especulación metafísica se descubrirá como un transgresor de fronteras, como un ´pobre diablo´ ansioso de lo inalcanzable.” (Sloterdijk, Crítica de la Razón Cínica)
La lucha política, aunque aparentemente ha partido de una concepción de justicia, ha devenido en una práctica totalmente distinta a lo asimilado por aquella. En sí, este concepto que ha venido a regir toda nuestra actividad política partidaria y gubernamental está muy lejos de lo que alguna vez prometió, no a causa de aquellas cabezas con chácharas diplomáticas sino, más bien, a causa de un excedente valorativo de semejante idea. Angustiarnos por esto es ya meramente ingenuo si continuamos la guía de vuelta a su origen. En esta dinámica "democrática" somos pues, todavía esos pobres diablos que lloran por lo que se les ha escapado: la materialización de su ideal.