Estamos constantemente trabajando en el lenguaje, enredándolo, desenmarañándolo… por él se acaban los discursos y desde él se abren.
En las palabras como en las ideas y las sensaciones, los caminos se truncan, el ritmo se corta y la negación aparece.
No queremos negaciones de negaciones. El zapatero de aquel cuento fue la ruptura, la inocencia amorfa del que no sabe de armonías, el instante de la razón olvidada y de la traicionera, un espasmo, un suspiro del cuerpo… la desnudez de lo simple. Absurda terquedad, ésta de hablar de lo que ya habló de sí mismo y por sí mismo… Los puentes son incompletos.