Costras de piel trazadas allá abajo, en esa tierra seca, en esa desdibujada por las heridas de ríos. Una corteza tendida al espacio y abierta al ahí, dispuesta al en sí, colgada en el para nadie, ni para ella misma. Una tierra, una ella. Un “que” no devuelto sino dado y, sin embargo, robado, escindido y parchado. Los verdes, como el hilo, unen dividiendo los cuadros del suelo. La tierra es ahora la cogida y la vestida, la negación de negaciones, la vuelta otro por otros. Sus jardines rompen bosques para rehacerse en nuevos cortes, céspedes podados y arbustos figurados. El artificio se vuelve la asociación anímica con lo real. El jardín trae consigo la nostalgia de lo perdido en un horizonte abandonado de su partida y enloquecido de su reproducción. La disposición al gusto de las plantas que lo constituyen devuelve en suspiros la imagen de una mañana fresca, la imagen. En un parche tejido de suelo vuelan los recuerdos de la inocencia. Es un enamoramiento del añorar, pues para tenerse, ha vuelto necesario el ultraje mismo de lo que ella evoca.
…Y desde el vuelo divisaba los cuadros, los delineaba mientras el agua los rompía. El cielo se imponía enorme cuando las nubes abrazaban esas ventanas. Comienza el temblor y el horizonte se dibuja borroso. Negro, naranja, amarillo, rosa… azul, azul, pizcas de blanco y negro. Desde luego que debían sentirse los temblores si era un atardecer desde arriba. La turbulencia duró, sin embargo, tan poco como el asombro. El instante se quedó con las nubes y la sonrisa de las luces que ahora se apagaban. El viaje hablaba de la caída como el vuelo habla del regreso. Un regreso incompleto como el que siempre se da con las ganas de huir. Y huyó. Y bastando una sola ojeada a la ventanilla, cayó de nuevo, tropezándose con la diminuta mancha de luces que ahora parecía flotar entre la nada. Estando oscuro, el horizonte se había escapado cuando la tierra volvía a ser toda una. Con su mancha flotante y sus pobres destellos de luz entre la nada, ganaba presencia, la misma que le había sido robada. La tierra entonces también vendía pedazos de sí para volverse noche. Solo frente a la pequeñez de aquellas manchas iluminadas podía verse grande. Siendo una con la noche, podía lucirse entera… Ahora la tierra una, puta se hacía.
El viaje se cortó con las luces encendiéndose al interior del avolar… Sólo había caído en la ilusión de volverse noche con la tierra mientras navegaba entre ellas como la resistencia iluminada, como la negación comprada y necesaria de constituir lo que lo anhelado rechaza… el jardín artificial que usurpaba al bosque queriendo traer hacia sí la mañana fresca. La luz, el pedazo cuadrado de suelo y la razón misma fueron el marco que sostenía la puerta que, una vez abierta, nos lanzaba al lugar de los anónimos, al de los nombres desaparecidos. Curioso era que eligiéramos la entrada que se sostenía en el lugar sin muros. Pensó en el por qué ceder ante la personificación de la tierra y ante la terquedad de la deificación… Gustábamos de crear nombrando, de ser dioses, hombres simbólicos, de tiempo y de faltas. Éramos en aquella historia los masoquistas lingüísticos, los descifrables e indescifrables, los incompletos y auto-determinados no más que por el peso de esos, nuestros nombres. Pero, ¿el capricho era suficiente?
…No pudo contestarse. Las respuestas se le escapaban como en sueños y entonces se aburrió de querer entender. Bailó dejándose tomar por la noche. No resistió en fe. Se permitió creer y, volviéndose hacia la ventana del vértigo, arrojó a su lap en el estuche de las falsas percepciones. Las últimas ganas de sus dedos se escurrían con ella mientras temblaban en infinidad de nuevos calores, dolores y ansias. Ellos ya no señalaban… abandonados de voz, ahora se colmaban de sensaciones.
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