Pareciera sorprendente el grado de condicionamiento que tenemos frente al castigo de los otros y de nosotros mismos. Sin embargo, en realidad no asombra. Es algo que ya es tan normal que lo raro sería no hacerlo. Una palabra sale cuando escondida ya está otra arrepintiéndose o disculpándose. Una vergüenza absurdamente naturalizada, casi inconsciente... creatividad maltrecha, voz débil (y aquí, una vez más, el castigo luciéndose). Un ciclo viciado que tal vez podría recuperar la senda omitiendo adjetivos y secando el lenguaje. Habría epojé. Desaparecería la violencia de la sentencia lingüística. Habría camino abierto. Habría desnudez. No existiría el problema, pero tampoco la seducción.
Dainzú recoge sus libros, cuadernos, pies y rastros. Dejando sólo sus manos, retiene todo aquello por un momento y lo lanza arriba. Lo deja flotar. Se devuelve la catarsis mientras les regala el caos. Nada cae. El suelo de Lethos ha dejado de arrastrar hacia sí el mundo entero. Y a Dainzú le gusta sentirse externa. Goza de sufrirse otra. Flota también. Tal vez mañosamente, tal vez no, cree verse de lejos por esas manos. Ha dejado de temer su propia traición. Cuando juega olvida. Cuando lo hace, ríe.
Atenta al sonido, cerré los ojos. Escuché. Nada más que la música y los dedos con ella ... Hoy habría podido bailar.
La sonrisa que me arranca el recuerdo de otros labios, hoy tan lejos de aquí. Solo cuerpo... tal vez algo más: un amante del símbolo
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