Los chamula. Una tradición empapada de otro tiempo y otra distancia, que a destellos interpreta los símbolos de este espacio para apropiárselos. Una coca cola y un sacrificio. Un chamán resignificando la voracidad tendenciosa de las transnacionales... Otro efecto, otro sentido y, ya sin pensarlo, otro objeto del consumo. Pero en ellos es otra cosa. Las conjeturas de una construcción teórica sobre la demanda de la oferta, no aparecen aquí ni en segundo plano. Ahí su dinámica, ahí su distancia.

En ellos el producto (del consumo) se adapta a fortalecer la unión que éste mismo, en otras sociedades, se encarga de desaparecer. El hombre se vuelve hacia la elaboración de su sagrado y, haciendo comunión con éste por aquél, roba su capciosa vanalidad reconstituyéndolo.

Aquí dejan de existir las víctimas de Dussel a pesar de aquella inevitable ironía del chamán con la coca cola.

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San Juan Chamula es una pequeña comunidad chiapaneca que queda como a 15 minutos de San Cristóbal de las Casas. De 75,000 habitantes que sólo cuentan con una iglesia abierta a toda hora, ha sabido conservar características mayas con muchos tintes del catolicismo de nuestro tiempo y otras cosillas. Sólo entrar ahí te cambia la vibra...

Entrando encontramos un espacio abierto, una construcción larga, sin bancas ni mucha luz aparte de la de las velas que se utilizan en cada petición que se esté realizando. El techo es alto pero el frío se olvida aún cuando estamos en los altos de la sierra de Chiapas En las paredes laterales de la iglesia encontramos filas de santos, una de cada lado, guardados en sus cajas de vidrio y entre sus cartas de esperanza. La zona del altar aparece sin lo que ahora conocemos como altar y sólo con las grandes figuras de sus tres santos patronos: San Juan Bautista, Jesucristo y sinceramente no recuerdo el nombre del tercero. El suelo está cubierto de hierbas.

La intención es acudir al templo a rezarle al santo que busquen, de acuerdo al mal que se tenga. La oración es guiada por los ilols o curanderos, quien acomoda alrededor de 5 o 6 hileras de velas delgadas en el suelo, de la más alta a la más pequeña, para mantenerlas prendidas al mismo tiempo a lo largo del ritual. Se llevan varios huevos o hierbas y una gallina para hacer la sanación (éstas últimas se ponen a la venta en el mercado de afuera del templo). Todo debe limpiarse al pasarse por arriba de las velas. Se lleva y sienta al enfermo frente al santo al que se dirigirá la petición, junto con el ilol, la familia, el poch (un derivado de alcohol), la coca cola o pepsi o cualquier soda con gas, las hierbas, la gallina, los huevos y las velas. El purifica al enfermo con los huevos o las hierbas y las gallina, pasándosela por todo el cuerpo y principalmente por el lugar en que se sufre el mal. Este es detectado por el curandero con la toma del pulso. Ilol precisamente quiere decir "el que toma el pulso". Los chamulas creen que tomando el pulso logran escuchar la la voz de la sangre, detectando el mal o la zona enferma. Después de pasar la gallina por el cuerpo del enfermo y de que ésta haya absorbido por completo el mal, se le tuerce el cuello con la idea de que su muerte traiga salud mientras lleva consigo dicho mal.

Durante todo este tiempo el rezo es continuo y sólo se detiene después de la limpia, al beberse el poch y luego la soda que lleven.El poch lo toman el ilol y el enfermo, la soda la toman todos. Mientras el poch abre el diálogo con lo divino, funcionando como en la antigua tradición maya lo hacían los alucinógenos, la coca cola libera y limpia el espíritu, aliviándolo. Esta última se asocia con el alivio por la sensación que causa cuando, al tomarse con dolor de estómago, nos hace eructar curando el dolor. Con la bebida de la coca termina el rito.

Para los chamulas el mal o la enfermedad se entienden como una disociación del espíritu que requiere conseguir su unificación por rituales como éste.
Manos sosteniendo el cielo... pies enterrados en el suelo.
Mirada en blanco, ojos que huyeron.
Cruzando las piernas y bajando sus hombros, enderezó su postura. Las manos se entrelazaron en la rodilla mientras la espalda se erguía al tirón de las viejas lesiones. Pensándose, tuvo que reirse de sí misma. Sintió la mirada desde el extremo de aquella barra pobremente iluminada por la fachada de ese dandy cacarizo.

Ella era alta, soberbia y seductora. Todo su cuerpo le robaba de un suspiro sus palabras. Era como si pidiera que la tomaran, cada rincón de su hermetismo lo hacía. Sola y observada se sentía fuerte. El absurdo era su secreto, condena eterna entre los dientes.

En aquella silla, en esa esquina bajo el espejo y el retrato encuadrado del Infante, ella era toda una... un símbolo completo, un espacio lleno, un significado que los otros, que sordamente la observaban, deseaban. El sarcasmo de esa risa que le escapaba, me antojó imaginarla más cerca aún, entre mis ojos y entre mis piernas.

Ahora reía de mi mirada, gustaba de mi atención. No volteaba, no sabía siquiera quien era, pero entendí que también me quería ahí... hablándole de ella misma por el robo de su nombre. Por nombrarla, ella se creía entera.

De un solo golpe bebí lo último de esa Victoria. Decidido, me acerqué a ella. Su barbilla altanera marcó el ritmo de mis pasos. Llegando a su mesa, recorrí de una mirada los dedos largos, la pequeñez de esos hombros y el ligero espacio abierto entre sus labios. Quise quedarme ahí, imaginando el trayecto de su aliento en mi boca.

Directo a sus ojos pregunté de una buena vez: -¿Vienes?

...Sonriendo y meneando la cabeza me tomó de la mano y, levantándose, sellamos el trato. Un cuerpo por un significado hacía valer la noche.


Quereteando!