Y se me acaba octubre. Tres meses que se me fueron corriendo. Pensé que el tiempo aquí era distinto y no, me di cuenta que lo traigo a cuestas... "Nosotros somos el tiempo", ya bien lo decía Matthai.
Lecturas a medias
Kundera acosa a Boas. El libro de los amores ridículos cazando las modificaciones de tamaño en los índices cefálicos de los inmigrantes a América, rastreando en estadísticas las relaciones entre el espacio y la forma. Uno en juego, abriendo los caprichosos modos del "teatrar" y el otro en autoridad, señalando los absurdos de la falsa proposición. Uno que juega con la fe mientras el otro le apuesta a ella, a la valoración objetivista de su observación. Ambos observan con agudeza... Pero sí, definitivamente, uno enamora con la entereza de su desnudez y el otro con la solemnidad de su traje sastre.
..Y regresamos con Kundera para terminar con Boas, el que aún tiene que estar listo por la mañana.
..Y regresamos con Kundera para terminar con Boas, el que aún tiene que estar listo por la mañana.
Heurema
Escuchaba algo que no podía definir muy bien, un animal tal vez... Se le antojó otra cosa. Una historia al ritmo del Heurema en manos de Eduardiaz creyó que estaría bien. Buscó su abstracto por el acordeón, lo esperó y tocó. Un cuento había querido robarle desde hace tiempo…
*Lo que sigue no es igual sin aquella pieza de música, al mismo tiempo. Creció escuchándola.*
* Para oírla, ir a: http://www.myspace.com/musiconecta *
Hormigas tambaleaban en largas hileras curveadas a través de ese áspero tronco, en sus andares tejían una voz silenciosa adornada de hilos lechosos. Por ellos respiraba Aurora… Por ellos gustaba llamarse y en ellos amaba mecerse. Tardes le concedían el día, miles de azarosos telares.
Jugaba a alcanzar la luna y entender las estrellas al compás del hormigueo. Pisoteando su cuerpo y saboreando su boca la hacían bailar en dulces temblores de viento y cortos roces de dolor. Jugaba a ser dios y coqueteaba al sol, columpiándose con las azucenas. Olvidaba nombres mientras reía, entre las fiestas de su suerte y la eternidad de tan suyo instante.
Las nubes volvieron y posándose sobre ella, la despojaron de todo ritmo. Rompieron sus hilos, recogieron hormigas, retomaron su voz…
Y… condenándola a nacer, la han abandonado a añorar, deconstruyendo y erigiendo figuras en la memoria de aquel contar.
"Fever" de Jacek Yerka
8:05 comienza la numeración, la historia que se rescata de la asintonía lírica, de la autopensante… Drenaje que pensó, lo que se drenan aquí son los sueños rotos y mojados de camas que tiemblan, que se entierran en el suelo por golpes… Calor hace falta… En cuarto pequeño las sábanas aun son frías y los caminos largos. Recorro la ciudad como andando un cuerpo (alguna vez había escuchado eso, hoy lo entiendo), descubriéndolo, imaginando lo que no veo. Ella me toma con un solo ritmo, hace el mío el de ella, mientras que me despoja de aquel otro. Me pierde en andares torpes que enamora con sus ruidos.
Hojas blancas, historias rotas. Manos grandes y dedos firmes. La angustia amenaza en irse, revolotea ante mis ojos con sonrisas opuestas. Cae. La luz del monitor baña el rostro, como sobando la dureza del gesto… El cabello se suelta y la ropa se afloja, un camisón basta. La tensión come su huída y el juego acecha la víctima... Se queda en blanco. Recorre ahora su espacio al frente. Signos, símbolos que se reducen al margen oscuro ante ella. Qué lindo suena el ella, no hubo otra cosa que quisiera ser en ese instante más que “ella”. Releyó: home, insert, references, view… home, insert / references, view. Creyó entenderlo por una selección arbitraria de aquellos menús, cuya autoridad no desaparecía la respuesta ganas/significación. Se sintió sola. Las ganas la abandonaban a sí misma.
Hojas blancas, historias rotas. Manos grandes y dedos firmes. La angustia amenaza en irse, revolotea ante mis ojos con sonrisas opuestas. Cae. La luz del monitor baña el rostro, como sobando la dureza del gesto… El cabello se suelta y la ropa se afloja, un camisón basta. La tensión come su huída y el juego acecha la víctima... Se queda en blanco. Recorre ahora su espacio al frente. Signos, símbolos que se reducen al margen oscuro ante ella. Qué lindo suena el ella, no hubo otra cosa que quisiera ser en ese instante más que “ella”. Releyó: home, insert, references, view… home, insert / references, view. Creyó entenderlo por una selección arbitraria de aquellos menús, cuya autoridad no desaparecía la respuesta ganas/significación. Se sintió sola. Las ganas la abandonaban a sí misma.
Status del INTER-NET al modo Freire
Vi a un mimo en la calle. Venía brincando desde Universidad. Se detuvo en Corregidora como aquella vez en Tecnológico. Vio de frente el taxi que venía y, encogiéndose, cerró los ojos.
Un momento en negro... la espera del sonido, el anticipo del golpe. Nada pasó.
Lentamente volvió su mirada y todo se había detenido: el gesto encendido del taxista casi sobre él, la indiferencia de la mujer con semillas de aretes desde la esquina y el chico de los periódicos gritando. Todo en una pausa real. Vió un cielo que era distinto, las nubes se habían fugado. Del gordo árbol que partía la calle, salieron de un golpe todos los pájaros. El ruido era espantoso y el cielo se había pintado de puntos negros que en parvada giraban alrededor de él. Quizo fortalecer el sonido de aquellas voces cerrando los ojos...
El rechinar de las llantas sofocó a las aves. Sangre en el parabrisas, vidrio estrellado, gente morbosa... Desde la esquina lo vi levantarse y salir de la multitud empapado en letras.
Lo he encontrado desde entonces rondando en plazas, buscando a otros mimos, rescatando magos y cazando miradas transeúntes. Parece que no sabe qué hacer con sus letras. Se sienta y las revuelve, las ofrece y las esconde.
Ahora brinca entre cuadros blancos, cuadros rayados y cuadros cuadrados... Dicen que ha habitado en el árbol que parte a Corregidora y que aún busca el día en que las nubes caigan y los vuelos tracen los espirales.
Un momento en negro... la espera del sonido, el anticipo del golpe. Nada pasó.
Lentamente volvió su mirada y todo se había detenido: el gesto encendido del taxista casi sobre él, la indiferencia de la mujer con semillas de aretes desde la esquina y el chico de los periódicos gritando. Todo en una pausa real. Vió un cielo que era distinto, las nubes se habían fugado. Del gordo árbol que partía la calle, salieron de un golpe todos los pájaros. El ruido era espantoso y el cielo se había pintado de puntos negros que en parvada giraban alrededor de él. Quizo fortalecer el sonido de aquellas voces cerrando los ojos...
El rechinar de las llantas sofocó a las aves. Sangre en el parabrisas, vidrio estrellado, gente morbosa... Desde la esquina lo vi levantarse y salir de la multitud empapado en letras.
Lo he encontrado desde entonces rondando en plazas, buscando a otros mimos, rescatando magos y cazando miradas transeúntes. Parece que no sabe qué hacer con sus letras. Se sienta y las revuelve, las ofrece y las esconde.
Ahora brinca entre cuadros blancos, cuadros rayados y cuadros cuadrados... Dicen que ha habitado en el árbol que parte a Corregidora y que aún busca el día en que las nubes caigan y los vuelos tracen los espirales.
Octubres de Julio
Hoy hace seis años fuimos ahí. Nos arreglamos, cenamos y reímos juntos... no imaginábamos. Hoy hace seis años te vi dormido en ese sillón mientras la música seguía y todos bailaban... Aquella noche nos regaló un buen año.
Cinco otoños han pasado. Tu sueño ahora es distinto, casi irreal. Vas atorado entre mi voz, salpicando letras y distribuyendo risas. Insistes en irte y tercamente seco tu nombre, lo gasto raspándolo contra esta impotencia, sofocándolo con este llamarte. Tu muerte es mi mar, mi desierto, mi espejismo... ellos la ilusión de lo infinito, ellos la presencia eterna de la falta.
Todos los vacíos en uno, todos los octubres sin julio.
Cinco otoños han pasado. Tu sueño ahora es distinto, casi irreal. Vas atorado entre mi voz, salpicando letras y distribuyendo risas. Insistes en irte y tercamente seco tu nombre, lo gasto raspándolo contra esta impotencia, sofocándolo con este llamarte. Tu muerte es mi mar, mi desierto, mi espejismo... ellos la ilusión de lo infinito, ellos la presencia eterna de la falta.
Todos los vacíos en uno, todos los octubres sin julio.
A mi dulce estrella negra, YP(1978-2002)
El juego no necesariamente implica una falta de fuerza o un olvido de ella. Un otro modo de ser significa ya una negación.
En la literautura hay política y más, más, más.
En la literautura hay política y más, más, más.
A veces...
las banquetas se vuelven pantanos,
la arena telas de seda
y los lentes ojos de otros.
Hoy pasó todo junto...
el recuerdo comió mis pasos desde el suelo,
la caricia lastimó la piel
y el armazón insiste en usurpar mi rostro.
las banquetas se vuelven pantanos,
la arena telas de seda
y los lentes ojos de otros.
Hoy pasó todo junto...
el recuerdo comió mis pasos desde el suelo,
la caricia lastimó la piel
y el armazón insiste en usurpar mi rostro.
Noche de lunes
Se acabó la luz del día y la del cuarto no prendió. Sonidos agravados como tornillos en las ideas. Un chapulín o un alacrán? Hasta hace días me enteré que los alacranes también se oyen. El ruido de los primeros es interrumpido, el de los segundos es eterno. Ambos suenan similares. Ambos crecen en este cuarto, insertados en otro cuadro: el de las campanas (nuevamente) de las iglesias que se levantan en el centro como caudillos resguardando algo que ya no está ahí, pero que se ha contado a todos como "lo que vive ahí". La historia del traje nuevo del emperador se repite con la misma solemnidad.
Son dos cuadras, tres iglesias y un afán desesperado por legitimarse que ahora se consuma con la apreciación arquitectónica del monumento en su estilo colonial. Pero éstos no quedan ya sólo como un paraje turístico, su truco funciona y funciona bien. Las misas se imparten diariamente, los atrios se llenan con sesiones de catequesis y la gente atiende. Muchos buenos cristianos por aquí... buenos, algunos creyentes y otros auto-estafados, pero todos dolidos por la falta... la falta de lo que no aparece en esa iglesia, la falta que los hace volver a ella. Ceden al engaño porque creen ver en él su sentido prometido, su alucine y su calmante. Es toda ella la adicción permitida, la patología valorada que se exige y aplaude. Su sagrado no se mantiene ya en lo individual, en la relación directa del hombre con dios (en su interpretación de él, su resignificación y la forma de su diálogo) sino que recae en el acto colectivo de conservar aquél espacio en blanco, aquella falta... La ceremonia entonces continúa como si las ropas del emperador siguieran siendo su atuendo.
La iglesia me recuerda al cuarto con su afán por mantenerse oscuro. Chapulines y alacranes, paranoicas y entretenidas evasiones. Creyendo haberse escapado (al menos por esta noche) del vistazo a la caída, abrazamos sombras, campanas y letras... Y entonces, olvidamos por un instante.
Son dos cuadras, tres iglesias y un afán desesperado por legitimarse que ahora se consuma con la apreciación arquitectónica del monumento en su estilo colonial. Pero éstos no quedan ya sólo como un paraje turístico, su truco funciona y funciona bien. Las misas se imparten diariamente, los atrios se llenan con sesiones de catequesis y la gente atiende. Muchos buenos cristianos por aquí... buenos, algunos creyentes y otros auto-estafados, pero todos dolidos por la falta... la falta de lo que no aparece en esa iglesia, la falta que los hace volver a ella. Ceden al engaño porque creen ver en él su sentido prometido, su alucine y su calmante. Es toda ella la adicción permitida, la patología valorada que se exige y aplaude. Su sagrado no se mantiene ya en lo individual, en la relación directa del hombre con dios (en su interpretación de él, su resignificación y la forma de su diálogo) sino que recae en el acto colectivo de conservar aquél espacio en blanco, aquella falta... La ceremonia entonces continúa como si las ropas del emperador siguieran siendo su atuendo.
La iglesia me recuerda al cuarto con su afán por mantenerse oscuro. Chapulines y alacranes, paranoicas y entretenidas evasiones. Creyendo haberse escapado (al menos por esta noche) del vistazo a la caída, abrazamos sombras, campanas y letras... Y entonces, olvidamos por un instante.
Entreyo
Acordamos vernos en el Entreyo. Dos veces habíamos pasado ya, regresando sólo con el flyer gastado de su fotografía, el mal recuerdo de una conversación que explotaba una cansada amistad y las risas de otras miradas nuevas que se acompañaban al buen uso del "arte" por la repartición democratizada (al menos hasta que la botella diera el basta) del vino en todo su cliché.
Reímos un rato.
Pasamos por Juárez y la Corregidora hasta llegar a 16 de septiembre, calles y andadores solos, acaso no muertos... desde sus sombras murmuraban ya su última muerte y por su media luz orientaban con nostalgia aquellas risas. Nos quedamos en Plaza de Armas con los letreros de "libertad" del mes pasado, el doble del cura Hidalgo deambulando frente a palacio de gobierno y el espacio incompleto de las pancartas de Antorcha Campesina pidiendo la liberación de Cristina Rosas Illescas... Tres años de huelga, tres años de indiferencia institucional; una resistencia mermada, una que canta en rezos; el otro enraizado en lo uno con su asimilación, con su habituación; la imagen soportando a la ciudad trazándola con una dialéctica tergiversada en un estadío cuestionablemente positivo.
Esta vez, debía ser diferente. La cita era para el domingo, última oportunidad, última función. "Monólogo coreográfico con un solo final". La parte del final, evidente, redundante y absurda debió ser una de las cosas que más ruido me causó aparte de la mirada trágica y sedienta del que prestaba su cuerpo para llamarlo Entreyo. Él nos encontraría a las ocho.
7:30 y la segunda llamada a misa de varias iglesias del centro se impuso con el tormentoso sonido de tantas campanas. Llegamos a tiempo para la recepción y en primera fila conseguimos lugar.
Ahí estábamos las dos, sentadas e intrigadas. Nuestra emoción era infantil y, casi con el mismo ritmo, fútil... Esperamos. Las luces se cerraron y el silencio apareció acompañado del recorte de cortinas al fondo, que simulaban un cuadro más pequeño que el constituido por el escenario. En su centro, un banco rojo. La función inicia, continúa y termina con el Entreyo merodeando, medio-seduciendo y jugándose al banco. Me prestó su nombre y me cobró la hora de hermetismo en la butaca, que paso a paso aseguró.
Sólo su rostro era el trágico. Su cuerpo, en cambio, era romántico, dulce y delicado... Era un fraude! Una seducción grotesca con movimientos suaves condenaban al hastío aquella escena. Fue precisamente un monólogo porque su invitación al de enfrente fue insuficiente,incapaz de incorporarlo (al menos como testigo continuamente intrigado) al ludismo de su acto. Sin embargo, ni para qué las quejas si la advertencia estaba hecha desde el principio.
Sólo dos momentos valieron lo absurdo y sugestivo del nombre: la angustia de ver su rostro transformándose casi epilépticamente en otro personaje dentro de la misma escena y los casi dos minutos (tal vez menos, tal vez más) en que luego del ritmo agitado de sus movimientos se detiene en silencio y sin moverse. El espacio que abre en ese instante genera una conmoción extraña. Todas nuestras miradas fijas en él, esperando su respuesta. El espera y nosotros también. Transcurre el tiempo y no podemos evitar regresar al uno mismo, a nuestra interpretación del acto, a la extrañeza del por qué nadie se mueve o habla o hace algo, o simplemente a la elección de tan variadas distracciones. Entonces... él no sólo ha expuesto su monólogo, nos ha hecho ver el nuestro. Nos ha enfrentado a él. No se mueve. Su respiración y las ideas de todos cobran protagonismo arrastrando al espectador en un caminar común hacia sí mismo...
Termina la función con nada similar a lo que se esperaba. Cosa que no sorprende pues el hábito carga consigo esta respuesta repetidamente. La proyección de aquel espacio oscuro, con ese banco aplastado por la extrañeza y aquella respiración es, sin embargo, algo que provoca a este suelo una y otra vez en la concurrencia del recuerdo.
Entreyo indescifrable, farsante y seductor... tu cuerpo aquí no dijo nada.

Reímos un rato.
Pasamos por Juárez y la Corregidora hasta llegar a 16 de septiembre, calles y andadores solos, acaso no muertos... desde sus sombras murmuraban ya su última muerte y por su media luz orientaban con nostalgia aquellas risas. Nos quedamos en Plaza de Armas con los letreros de "libertad" del mes pasado, el doble del cura Hidalgo deambulando frente a palacio de gobierno y el espacio incompleto de las pancartas de Antorcha Campesina pidiendo la liberación de Cristina Rosas Illescas... Tres años de huelga, tres años de indiferencia institucional; una resistencia mermada, una que canta en rezos; el otro enraizado en lo uno con su asimilación, con su habituación; la imagen soportando a la ciudad trazándola con una dialéctica tergiversada en un estadío cuestionablemente positivo.
Esta vez, debía ser diferente. La cita era para el domingo, última oportunidad, última función. "Monólogo coreográfico con un solo final". La parte del final, evidente, redundante y absurda debió ser una de las cosas que más ruido me causó aparte de la mirada trágica y sedienta del que prestaba su cuerpo para llamarlo Entreyo. Él nos encontraría a las ocho.
7:30 y la segunda llamada a misa de varias iglesias del centro se impuso con el tormentoso sonido de tantas campanas. Llegamos a tiempo para la recepción y en primera fila conseguimos lugar.
Ahí estábamos las dos, sentadas e intrigadas. Nuestra emoción era infantil y, casi con el mismo ritmo, fútil... Esperamos. Las luces se cerraron y el silencio apareció acompañado del recorte de cortinas al fondo, que simulaban un cuadro más pequeño que el constituido por el escenario. En su centro, un banco rojo. La función inicia, continúa y termina con el Entreyo merodeando, medio-seduciendo y jugándose al banco. Me prestó su nombre y me cobró la hora de hermetismo en la butaca, que paso a paso aseguró.
Sólo su rostro era el trágico. Su cuerpo, en cambio, era romántico, dulce y delicado... Era un fraude! Una seducción grotesca con movimientos suaves condenaban al hastío aquella escena. Fue precisamente un monólogo porque su invitación al de enfrente fue insuficiente,incapaz de incorporarlo (al menos como testigo continuamente intrigado) al ludismo de su acto. Sin embargo, ni para qué las quejas si la advertencia estaba hecha desde el principio.
Sólo dos momentos valieron lo absurdo y sugestivo del nombre: la angustia de ver su rostro transformándose casi epilépticamente en otro personaje dentro de la misma escena y los casi dos minutos (tal vez menos, tal vez más) en que luego del ritmo agitado de sus movimientos se detiene en silencio y sin moverse. El espacio que abre en ese instante genera una conmoción extraña. Todas nuestras miradas fijas en él, esperando su respuesta. El espera y nosotros también. Transcurre el tiempo y no podemos evitar regresar al uno mismo, a nuestra interpretación del acto, a la extrañeza del por qué nadie se mueve o habla o hace algo, o simplemente a la elección de tan variadas distracciones. Entonces... él no sólo ha expuesto su monólogo, nos ha hecho ver el nuestro. Nos ha enfrentado a él. No se mueve. Su respiración y las ideas de todos cobran protagonismo arrastrando al espectador en un caminar común hacia sí mismo...
Termina la función con nada similar a lo que se esperaba. Cosa que no sorprende pues el hábito carga consigo esta respuesta repetidamente. La proyección de aquel espacio oscuro, con ese banco aplastado por la extrañeza y aquella respiración es, sin embargo, algo que provoca a este suelo una y otra vez en la concurrencia del recuerdo.
Entreyo indescifrable, farsante y seductor... tu cuerpo aquí no dijo nada.

Fotografía de Tarragó. "Entreyo" Bailarín: Orlando Sheker.
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