No necesito oídos, sino papeles
[…y tal vez, mucho de ocio]
[…y tal vez, mucho de ocio]
Sábado 9. Noche 1.
Salí corriendo del lugar con la prisa que esta vez no tenía. Había urgencia por moverme. Sin destino o por qués, algo le exigía a mi cuerpo olvidarse de aquel instante por el notarse en otro espacio. Habrían dado ya las 12, pleno mediodía, mero nacimiento del ocaso. Y sus ojos ahí y la reencarnación de sus manos en las mías acá.
Eligió el cuarto buscando un toque de familiaridad con su pasado. De día, el tragaluz era pequeño y la iluminación sin embargo era basta. De noche, las sombras se alargaban como reproducción de los hilos que cubrían a la mujer del cántaro, a la fría mujer de esa vieja lámpara. El cuarto era lindo. Un espacio consumado con muebles de otros tiempos: su mesa de madera tallada, el ropero de la abuela, un librero empotrado en lo que algún día fue una puerta… silla coloreada, silla de fonda, cortina a cuadros, zapatero-revistero y el abanico expuesto de aspas.
Domingo 10. Noche 2.
El día se regaló en tiempo eterno, hecho predecible y siempre subestimado, luego de la condena al encierro. Era el momento del golpe. Las cosas debían desempacarse. Hora de hacerse a la idea. Hora de construir un hogar con aroma a viejos espacios y con vasijas pensadas necesarias. Salió Baudrillard, Zambrano, Paz, Derrida… Kundera, Kundera nuevamente, Revueltas en los closets que ya no eran de Yepez, una publicación gay y Dainzú. Otros nombres también aparecieron, pero hasta ahora eran esos los que se cazaban desde uno y otro cuadro del suelo. Sí, a mis pies, el suelo también estaba dividido. Se había planeado en cuadros con diseños claros en el centro. La figura era difícil de comprender… tal vez un moño, unas alas o meras líneas al azar. Me gustaban las alas pero me gustaban aún más las proyecciones que permitía aquel dibujo incompleto y absurdo. El piso era blanco y el cuarto ya no era azul.
A la cabecera, latones de San Miguel de Allende, el pueblo del insurgente y del santo, del orgullo que debía ser doble para ganarse un nombre. Una cachora de latón, una calaca con alas cuyo gesto implora mientras sus manos rezan. ¿Qué puede implorar la muerte sino vida? Pero, ¿por qué vida? ¿Por qué desearla en el momento justo en que se consuman todos los horizontes en uno? ¿Por qué pedir más? En la vida lo entendemos: se pide la muerte para comprender la misma vida o se buscan muertes instantáneas como el sexo, la filosofía, las palabras o los otros para llenarnos de ella, o se huye de la propia muerte. Ahí lo entendemos, pero en la muerte, donde todo acaba ¿por qué más súplicas?
Esa calaca me gustaba y me caía mal. Muy seguramente su creador no quería comprender el fin, gustaba de hablar de reencarnaciones y continuidades eternas. Debió haber sido un hombre cansado, un enfermo de vida y un temeroso de espacios blancos (o negros, da igual). Pudo haber sido eso o pudo también haber comprendido mejor el capricho de la noción del fin por el capricho de la materialización del no-fin con latón, de la muerte del metarrelato de lo que acaba; pudo haber comprendido la representación de una muerte viva, sufriendo y necesitando. Su calavera era un hombre, uno de San Miguel o de cualquier otro rincón de México. Tal vez esa propia calaca era el héroe pidiéndole al santo, el tipo dispuesto a la muerte con la condición de la vida eterna (al menos en los libros de historia). Esa muerte no era fin, tenía alas y rogaba. Sus alas señalaban su condición de tránsito, su ruego la insistencia de lo que falta. Una comprensión de la falta incluso en lo que termina de darse no supone otra cosa que una doble afirmación, una vida aún en la muerte, un nacionalismo heroico y una resurrección católica. No hay comprensión del fin, no de la negación… Pero tal vez sí del movimiento entre uno y otro estado que, aunque no puede darse en la terminación física (biológica) de la muerte sí se da en la terminación simbólica. La muerte viva entonces, más que el ícono cultural que se le ha atribuido al mexicano viene a significar una concepción alterna del tiempo que, aún manipulada por dos grandes instituciones (la de la patria y la de la fe), significa un ritmo incapaz de concebirse estático por El Fin, pero sí dinámico por la asimilación de sus múltiples muertes reveladas en la necesidad y la falta, en el ruego.
Rechazaba entonces un poco a la calaca mientras me enamoraba. La dejaba convencerme, aunque de entrada me tenía. Le inventé una historia colocando la lagartija de latón a su frente. La de las alas le rogaba a la de la tierra. Todas ellas y yo reía.
Lunes 11. Noche 3.
Me gustaba dejar escritos empezados, encontrarlos después de algún tiempo en algún rincón revueltos y con poca memoria de lo que pude haber cogido de aquel blanco… Cogido, eso me habría caído bien. Las últimas horas me habían atosigado con el mareo del tiempo que pesa en el espacio que se construye. Asistí a mi clase de espacio simbólico. Bourdieu y Amerlinck me hablaron, Fernando no. Al parecer mi silencio había terminado de convencer a sus insistentes esfuerzos para que dejara de hacerlo. Como en la primaria, el director me mando llamar para reprochar alguna de mis actitudes. Como en la primaria, tuve miedo, hartazgo, impotencia y ganas de gritar. Sentada, guardé silencio.
…Y recordé su voz, de aquél cuyo nombre jamás debí aprender. Lo quise hacer otra vez mío, dibujándolo y desdibujándolo. Normalmente me gustaba hablar de ellas, pero hoy no. Hoy lo quería a él o a todos juntos. Recordé su voz, ella si era gruesa (risas) Solo bromeo… Eso, como tantas otras fijaciones solo importan cuando se tiene un exceso de otro, al punto que debe despreciarse por cualquier absurdo. Y ahora no había excesos, no había siquiera un cuerpo. Este me faltaba, lo había corrido de mi día para re-contratarlo en mi ansiedad, en las heridas de mis dedos, en las mordidas de mis labios. Por eso apagué la luz y quise pensarlo.
El habría sido mucho mayor que yo a no ser por el entusiasmo con que soñaba.
Me gustaba oírlo.
Cuando hablaba, sus ojos le robaban la vida y por eso su voz se tornaba dura. Con ella creía cargar de seriedad sus palabras, pero no hacía más que despertar mi juego. El me gustaba por sus pendejadas y, desde luego, porque no era mío. Era casado y era ficción... Pero su voz… Su voz volvía en mí el atuendo más cotidiano, el menos cuestionado y el más impuesto: me llenaba de cuerpos femeninos. Paradójicamente era con ella (su voz) con quien él, se volvía el El. Seguía hablando, y por segundos, no supe ya si era El o ella.
Pero necesitaba saber.
…Y entonces lo cogí.
Le pedí que no callara. Quería oírlo. Me gustaba su voz.
Pero de pronto, ya no escuchaba. Leía sus labios cuando podía verlos. Y quería oírlo. Buscaba su voz besando sus labios, pero ya no estaba.
Ella había caído y yo con ella.
El solo me mecía, me consolaba y sobraba.
Martes 12. Noche 4
Primer día en 34. Hoy no me doliste. No te di mi soledad. Me quedé con ella y pude reír.
O lo mismo:
Hoy me doliste. Te di mi soledad. No me quede con ella y pude reír.
Tome la ruta del 23. Habían pasado ya la L y la 43, todas hacia Corregidora. Pero quería la 9 y tomé la 23. No estaba segura del camino de ninguna, solo habría querido perderme un rato para transitar Querétaro desde sus colonias más olvidadas. Para mi sorpresa, la ruta me regaló Peñuelas yendo hacia mi destino.
Peñuelas fue un paréntesis entre Belén y Corregidora. Por ésta última se dibuja el camino al centro, desde el margen (por su Prolongación C.) hasta el pleno comercio histórico. Belén, por su parte, es una colonia ajena a todo ese desmadre. En ella la nueva ciudad ha venido a plantarse con la estética de lo idéntico y lo masivo, un Santa Fe queretano y lleno de cisternas en la azotea. La gente aquí teme tanto a que le falte el agua que, por más jodida que esté su casa, siempre tiene al tambo arriba.
En fin, Peñuelas se encuentra en un punto intermedio entre esas dos, levantándose como un todo aparte. En ella, la tierra se come las casas. A diferencia de las otras, en que la construcción conquista y aquella soporta, el suelo gana terreno. Un color amarillo y arenoso pinta a las calles. Ahí, algunos empedrados, pocos pavimentos y muchos locales. Obra negra, obra blanca, obra a medias. Nopales, cactus y piedras en los patios. Ferretería, internet, tortillería, iglesia y vulcanizadora. La frutería delante del expendio de pan Paty, un camino trazado de banderitas de fiesta rojas por los cableados.
En Peñuelas hubo dos personajes distintos, ellos nombraban aquel terrenal seco como suyo. Por las paredes trazaban sus manos y en ellas se encontraban para acompañarse o luchar. Desde luego que la colonia estaba llena de personajes como ellos, pero eran estos dos quienes hacían suya Peñuelas tachándola de barda en barda. Y en realidad era el seudónimo el que la hacía propia, pues muy seguramente estos tipos habrían caminado por ahí sabiéndose con nombres y personalidades distintas. En fin, gustaban de llamarse Forest y Snow, graffiteros viciados en el juego, con técnica buena y pintura de más. Sus imágenes olvidaban los letreros geométricos o escurridizos, todas ellas conquistaban la mirada devolviendo en dibujos irresueltas sospechas.
Rostros duros con ojos profundos, labios hinchados y cabellos arrastrados.
Caras que sostenían, que detenían el movimiento de aquel cabello y de aquel camión.
Ojos que sellaban, firmas que contagiaban otras paredes.
Sus diseños variaban poco, casi todas eran mujeres. Mujeres hermosas, fuertes, dolidas y resignadas, mujeres envueltas en artificios naturales. Ninfas de cuento, protagonistas de televisa. Musas vacías a tejerse en trazos… Del brillo de sus colores y sus rasgos finos, solo se guardaba el asalto de su mirada.
15 minutos en Peñuelas, hora de recoger espejismos.
Simplemente se escaparon tus ganas. Tus palabras son costumbre, no-lugares.
Forest y Snow los seudónimos (los más infantiles, los más mamones). En calles desiertas pintábamos mujeres y nos inventábamos.
Tú eres Peñuelas, el paréntesis, lo ajeno en tierra de cisternas. Contigo no hubo miedo, pero tampoco precaución.
Miércoles 13. Noche 5
Aunque no necesite luz, sí necesito más ventanas… por eso no suelto ni a la planta ni a la máquina, la de la vida y la de la luz propia.
Necesito dormir. Quiero rescatar de algún sueño lo que no termina de filtrarse aquí.
Necesito desintoxicarme.
Necesito no necesitar.
He de caer.
Miércoles vacío.
Jueves 14. Mediodía 1
Siempre hay algo de atrayente en gustarle a alguien. La construcción ajena de otro fantasma bajo mi nombre me permite también creer en él, destrozarlo, carcomerlo y hacerlo mío.
Al final, el obsequio de un ensayo por autores hastiados de sí mismos, los delirantes, los que por su voz nunca terminaron de llegar al otro pero tampoco a sí mismos.
Jueves 14. Noche 6
A Omar un pedazo de Augé:
El vértigo de una ruina.
“El amor posible pero no realizado comprueba su verdadera naturaleza cuando se transforma en recuerdo –un recuerdo prácticamente desprovisto de contenido, emociones ambiguas, roces–. El amor –a distancia, declarado, convertido en algo definitivamente imposible– se convierte en aquello que nunca ha dejado de querer ser: un puro goce de lo inactual, de aquello que en el fondo no es más que un goce del tiempo puro, un goce nacido del contraste entre el recuerdo de un amor que habría podido existir, que podría haber extraído alguna apariencia de sentido al no haberse realizado y la constatación de su doble no actualidad presente: al sustituir el escrúpulo psicológico por el alejamiento geográfico, no tiene lugar, literalmente para existir y, sin duda, la idea misma de la renuncia, que confería nobleza a la abstinencia, habrá perdido así todo sentido. Otra historia hubiera sido posible, pero simplemente no tuvo lugar, y ya ha dejado de ser posible. La virtualidad del amor se contempla de lejos, en el momento en que, convertida en ruina, deja de ser una virtualidad.” (Marc Augé, El Tiempo en Ruinas)
Jueves 14. Noche 6
Unos ojos mazahuas.
Tenía a un doctor de vecino, a un pintor y a un rentero que le gustaba que lo llamaran tío. Tío era un poco mocho, lento y agradable. Vivíamos a una cuadra del Templo de la Cruz. A estas alturas no sé ya, si lo que me jaló más aquí fue el mercado o la huída de otras campanadas. Resignadamente tuve que reconocer que, aquí en el centro, uno no se escapa de ellas ni queriendo. Aún así, la casa era cómoda, húmeda y callada. Me gustaba de noche.
Últimamente me había adentrado un poco en el ambiente gay por varios de los amigos que he hecho por aquí. No está de más decir que, a pesar del susto de los que en cada calle se persinan, Querétaro es una ciudad muy abierta (por ganas o sin remedio) a la homosexualidad. Esto desde el nivel más caro al más marginado.
Todos me gustan.
Ellos son libremente enclaustrados en nuevos estereotipos, pero en el antro, en el ambiente fresa del ligue, se dan a roces de cuerpo entero. Estar ahí es contagiarse de aquella cachondería sin tener a quien dirigirla. El aire es caliente y cruzado entre labios mojados, manos curiosas y miradas que incitan. Los hombres ahí son hermosos porque son hombres del vientre, los sudorosos de Bajtin, quienes luego de haberle abandonado por tantos años vuelven a él con el fervor guardado, con el ritmo de las luces y las ganas de recordarlo. Ahí todos bailan, se conquistan y se olvidan. Juegan en su indeterminación a ser un él o ella, o ambos o ninguno. Prueban el saberse incógnitos, sin nombre ni promesas.
Las luces verdes, las repeticiones de Madonna en el pop-art de la pared, la gorda Bombón, el bombero y los ángeles de la tanga, la música punzando, la cabeza imaginando, las ansias al sur, los dedos perdidos…
Esa noche fui la más extraña, la más sola y la de más ganas. Esa noche encontré al carnaval y, de la forma más asquerosamente antropológica, lo dejé pasar.
Viernes 15. Noche 7
En esta casa me he acostumbrado a estar encerrada. Ventanas y puertas selladas.
Hoy vinieron los del cable para arreglar mi problema de incomunicación y conectarme al internet. Desde luego que yo llamé al técnico, sentí necesitarlo. En fin, la conexión tenía de condicionante una modalidad alámbrica, para regresar virtualmente debía sacrificar una ventana. Solo existen dos en el cuarto: una de barco y una cuadrada. La primera, redonda y cruzada, existe sin protección. Por la paranoia de los últimos días, ésta debía permanecer cerrada como precaución a los animales rastreros (sin necesaria alusión a los de Paquita). Sin embargo, era la que mejor se situaba para que pasara la conexión. Sin muchas opciones, ahora tenía que mantenerla abierta.
Abandoné el encierro y regresé a internet. Para mi sorpresa, pasa lo que no había pasado, en pleno día de mi estado “abierto”: un ratón se cuela al cuarto, no por la ventana sino por la puerta cerrada. Lo veo, escapa, lo busco, pierdo y lo dejo.
Que roa todos mis libros, que haga ruido, que asalte mi cuarto, brinque en mi cama y me asuste… que parta de un grito todo este silencio, me obligue a abrir la puerta e incomode mi cuerpo… que venga a morderme, que me despierte y tenga un nombre…
Y luego se vaya, y yo sonría y no haya recuerdos.
Sábado 16. Noche 8
Heidegger no me rescata del olvido, me condena a él.
Pero la construcción idílica resiste y la tentación del logos aún marea.
Domingo 17. Mediodía 2
Zarpazo a la luna.
Domingo 17. Noche 9
Una imagen linda:
Dos hombres sentados, uno al lado de otro. El de la izquierda con camisa a cuadros, mezclilla, lentes y dos entradas que, estirando su frente, colocaban el ralo cabello apuntando al sur. A su derecha, alguien ligeramente fornido, de pelo oscuro, semblante tosco y bigote grueso. Su mano también apuntaba al sur del compañero, acomodándose abandonadamente en la entrepierna del otro.
Mientras el de izquierda colgaba una mano a su costado, sostenía con la otra el hombro más lejano de su compañero. Lo abrazaba y lo protegía en tanto que el de derecha detenía, con la otra mano (que no era la de aquella sutil insinuación), la base de un helio rojo en forma de corazón.
Derecha provocando a izquierda, irrumpiendo su sexo con la mínima invitación.
Izquierda perturbando a derecha, apostándolo con promesa de amor.
Ambos en silencio, imaginando y sonriendo a partir del artificio más real.
Domingo 17. Noche 9
Cerré los ojos. Los ecos crecían de delante a atrás con voces a coro y coros dispares. El cristo nacía desde el altar con una presencia imponente, muy de seguro a costa del favor de aquellos vitrales en coincidencia con la luz de las siete. Una luz fuerte, sepia y naranja, la luz de las sombras más largas. Esa luz.
Los hilos morados de pascua expuestos en telares casi fúnebres que cubrían el interior de aquel templo. Un solo nombre tenía pero engañosamente se dividía en tres capillas (dos anexas y la principal). En las tres se impartía la misa de la tarde. La gente en todas, se acomodaba a los pasillos, la parte de la entrada y el principio del atrio. Todos hincados, de pié, sentados, cantando y en silencio. Quién sabe cuántos en verdad habrán estado escuchando.
Busqué el templo rastreando historias, cazando silencios y curioseando regalos de fe. Quise sentirme abrigada en el lugar donde sí se guardan los significados, quise tal vez encontrar alguno. No encontré asiento.
Terminó la misa y entre los huecos de las bancas me colé para robar uno que quedara cerca del altar. Me senté entre un paisaje de hombres arrodillados con la cabeza en alto, la crueldad de una esperanza rayada en sus ojos y el fuerte aferrarse de dos manos en sus labios. La imagen era dolorosa y reencarnaba los rostros de los santos en las paredes. El Templo de la Cruz era el buzón de pedidos.
No pude pedir nada. No encontré abrigo ahí que no fuera otro que el del abandono. La fe era eso, un abandono, una caída lenta, un encomendarse a lo irresuelto.
Entre los personajes había una pareja de pie. Tomados de la mano y en silencio veían al cristo con dulzura. ¿La ocasión? Tal vez un hijo enfermo, la muerte de algún conocido o las meras ganas de sentir un narrador omnisciente inmiscuido entre sus días. Pero yo podía haber sido ese narrador. Yo podía haberles inventado una historia entera llena de explicaciones y de ausencias, tanto como ellos habrían podido improvisarse una. Por eso en su silencio, la jugué de autor, del autor que ellos se negaban a sí mismos, del espíritu moderno que me maquillaba para romper su mito, el mito que amaban. Y entonces, comprendí mi ruina. Su tranquilidad tenía el precio de la magia.
Callé.
Las campanas sonaron en tercera llamada, la iglesia se había vuelto a llenar para dar inicio a la repetición del acto.
Esperé un poco más.
Esperé un poco más.
Sabía que la magia no estaba en mí ni volvería por más tiempo que la esperara. Pasaron las lecturas, los salmos, el padre dorado y de luto, sus palabras atoradas, gangosas y rotas. Desde ellas se escotaba la desnudez que conoce lo que no vendrá… Pero seguía hablando y los hombres creyendo.
El padre nuestro, el mantra largo, occidental y queretano. Cerré los ojos. Cientos de voces acariciando el sonido, un ritmo lento, enorme y abrazador. El canto era unísono y dispar. El canto era la comunión colectiva. No importaba qué decía. Y en segundos, solo por segundos, la grandeza de aquella construcción cedía ante el verdadero espacio sagrado.
Entregándome, me dejé abrigar.
Lunes 18. Noche 10
Armar palabras, historias, dolores y mundos se ha vuelto mi pasión más recurrente. Internet no me ha devuelto lo suficiente al mundo si el cursor parpadeando en Word sigue siendo el vértigo que me arrastra. Me he devuelto en las palabras y en los cuentos que existen a medias… como medias picando entre las piernas y piernas pidiendo ser desnudadas. Me he rascado el cuerpo levantándolo en llagas, en sonrisas dolorosas y cinismos deliciosos. Tejo símbolos en colchas ajenas mientras deformo la memoria en cobijo propio.
Una buena noche 10 en El Comal… la mesa sola, el cuadro sucio de un pambazo al frente, el aire caliente y la música de los Freddy’s.
Lunes cualquiera en noches sin nombre.
Sólo la desintoxicación... en el relato de otra forma de dosis.
3 comentarios:
Siempre escribes tan magico amix!
chingón, historia verdadera, historia inventada, creada por su realidad, dándole un aire de irrealidad que la hace aún más creíble y valedera, queretense y tuya solamente...
Mis respetos para tu escritura!
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