No entiendo
¿Por qué los niños giran y giran hasta sentirse mareados, cerrar los ojos y dejarse caer? ¿Por qué abrazar el vértigo tan lúdicamente los hace nacer en sonrisas? ¿Por qué ahora la caída es el tropiezo que se evita? ¿Por qué ese no poder cerrar los ojos en la entrega y el éxtasis de lo que se mueve? ¿Por qué aún cuando ellos me empujan, el cuerpo resiste? ¿Cuándo permitimos la sonrisa alada, la danza de los siete velos en azares de la seriedad del vértigo, el arrullo tejido entre la vida y la muerte, el cuerpo aletargado? ¿Por qué no tomar de la mano el miedo y girar, girar, girar, hasta que estalle de mi todos los infiernos y las nubes del cielo, hasta que me arroje ahí… desnuda, entera y purgada de dioses… no entendiendo, sin querer hacerlo… sólo mareada y deshaciendo el mundo… sólo en el suelo, provocada y riendo?
La escritura aquí, es el reconocimiento de la ausencia por mi desaparición corporal, por la virtualidad del atributo panóptico que uno cree conseguir pensando, escribiendo. Es la ilusión de una transparencia que se declara terca en cristalizarse, en olvidarse. Y es castigo de los silencios que la aguardan, cinismo de las esperanzas que la traicionan.
Al ocaso, es la Dainza estrellándose con Bardillard.
Al ocaso, es la Dainza estrellándose con Bardillard.
La respiración agitada, paciente, brincando… desnudándome en lágrimas, golpeando mi pecho, cortando mi paso y reduciendo mi cuerpo, ahogando mis razones, revelándose en miedos… Y colapsando y cayendo en los mareos del olor a recuerdo, hundiéndose en puntos, en comas y negaciones… Es la idea cortando la sonrisa, un vuelo de bifurcaciones entre tiempo y espacio, entre el alma y el cuerpo… Sólo una piel suplicando el regreso de aquella estela que la abandonó en los suplicios de su máxima creación: un otro tiempo.
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