Y no soltamos a Kundera...

El que no seduce pero desnuda de golpe. Grotesco, burdo, incitante... tosco de manos.
Por eso todas las historias corren de sí, a ninguna la deja completa pero a todas las usa.
Ansía moverse de uno a otro cuerpo, desvestirlos todos, calzar sus miradas y sentir sus andares... para luego, para luego cambiar de sexo, cambiar de nombres y rodar otro libro.
Dos rostros de frente. Gesticulaciones, ademanes, acusaciones y verdugos. Miradas iracundas envueltas en ciclones de palabras. Palabras que no se escuchan, mónadas clavadas en el silencio. Ella y él, él y él, ella y ella. Ellos hundidos en la distancia de sus faros, reprochando los ecos que no se escuchan, los mismos que los hacen vibrar. Tiemblan sobre sí, se sienten solos y en el óleo negro de la noche vuelta mar, buscan el instante del cruce, la unión de las luces… Y entonces, los sordos son ya cómplices. Vacían sus zapatos de tierra y los visten con alas, rodean sus mareas de hielo, velan la luna y sellan el tiempo. Por segundos olvidan ser otros, no escucharse y embriagarse clavando palabras. Por segundos son sin memoria, sin torres ni esperanzas. No desean, solo velan… Hasta que aparece el sol evaporando toda alfombra de escarcha, despertando toda necesidad de razón, exigiendo un rumbo. Y calienta los pies volviéndolos a las piedras, carga la mirada con horizontes lejanos, confronta las razones y empuja al andar con ansiedad. Caminar hacia sí. Caminar hacia el que con esta luz ya se ha vuelto otro. Caminar gritando palabras silenciosas de esperas y reencuentros, de nostalgias y fallos. Hablar, gesticular y andar en la guarida del silencio que atormenta, deseando romperlo sin palabras, sin sol y sin él, sin mí…

Y velamos sin espera congelando los años en segundos para devolverlos en olas, donde no haya rostros de frente pero sí zapatos con alas.