Me sentí abandonada en un tumulto de ficciones que me hicieron creer en la verdad, me sentí apretada por la mano de un muerto, abierta por la mirada de un arrepentimiento. Me sentí terca en competencias, absurda en evaluaciones y congelada en pasos de baile. Me excitó la frágil insinuación de una mujer y la sensibilidad de la caricia de un hombre. Atoré con manos ásperas, cicatrizadas e intactas todo mi cuerpo, lo llené de sus historias. Recorrí la soledad en cantera de faroles, en cuartos sin ventanas y ventanales con pared al fondo; caminé las aceras de la oscuridad al brazo de compañías traicioneras, desde Funes y la introspección compulsiva hasta nombres y el gato que me cuida.
Como en Guillén, las piernas se pusieron duras caminando, apretamos pescuezos y empeñamos canciones. Fotografiamos risas, vivimos en la línea y dejamos de hacerlo. Las palabras se nos dieron, se silenciaron y se vivieron. Dormimos con la tristeza y tumbamos con la ira… cambiamos tantas veces.
Dolor y teatro, juego y encantamiento por el desorden.
Sobé champiñones con excusa de lavarlos de forma poco distinta a como me sorprendí sobando una Colt .38 usada, con cada una de sus balas expansivas cargadas y el surtido de las razones por el que su uso se elegía; hice pan para llenar mis uñas de masa, cambié macetas para llenarlas de tierra. Hice piruetas y rondé en los libros, mastiqué memorias hasta escupirlas y delineé veredas hasta situarme sin puertas…
…Pero el tiempo calló. Solemne la retó, sujetó toda imagen y de un golpe las sumió en su mirada, la enterró con ellas en un pantano de ruinas y desesperanza, la dejó hundirse entre la insistencia de explicaciones encontradas, pesadas, contradictorias e irresueltas. Y temió caer y cayó.
En el vértice de un hormiguero sintió sofocarse con el calor de la tierra y estremecerse con el cosquilleo de los múltiples andares vueltos en olas. Una extraña colonia de hormigas funcionaba de prisa y ansiosamente. En ella no había caminos sino rastros de ellos, laberintos que permitían la falta de dirección y la acumulación de comida, aquí y allá. No hacía falta más, por lo que no quiso sentarse. Dejó llevar su cuerpo hacia el sur con un grupo de panzonas aceleradas y espontáneas, sintió el impacto del calor azotándola de pies, pelvis y cuello… los dejó quemar. Andando sin ellos, se arrojó con las balbuceantes cabezonas al norte, quienes picaron su cabeza hasta tragarla entera. Las oleadas de patonas la jalaron al oeste, desistiendo en el afán por sostenerla cuerda, y las patonas del este, quisieron convencer al cuerpo de ser sin su mente, de olvidar aquello que le faltaba. En un cansado esfuerzo, el cuerpo pidió que lo soltaran. Enterrando sus brazos en los surcos de la tierra, soportó el peso de pecho y piernas, se arrastró y sin ojos ni dirección, alcanzó el centro de la colonia. Sintió composta de papel entre sus manos, tinta corrida entre las piernas y lodo duro sobre el torso. Buscó a tientas sus faltas. Los dedos penetraron, cargando hacia así la única que le interesaba. Atoró la pelvis al cuerpo y bañándose del rayo de luz que entraba por aquél hormiguero, germinó una semilla...
Justo ahí, ella nació.
Como en Guillén, las piernas se pusieron duras caminando, apretamos pescuezos y empeñamos canciones. Fotografiamos risas, vivimos en la línea y dejamos de hacerlo. Las palabras se nos dieron, se silenciaron y se vivieron. Dormimos con la tristeza y tumbamos con la ira… cambiamos tantas veces.
Dolor y teatro, juego y encantamiento por el desorden.
Sobé champiñones con excusa de lavarlos de forma poco distinta a como me sorprendí sobando una Colt .38 usada, con cada una de sus balas expansivas cargadas y el surtido de las razones por el que su uso se elegía; hice pan para llenar mis uñas de masa, cambié macetas para llenarlas de tierra. Hice piruetas y rondé en los libros, mastiqué memorias hasta escupirlas y delineé veredas hasta situarme sin puertas…
…Pero el tiempo calló. Solemne la retó, sujetó toda imagen y de un golpe las sumió en su mirada, la enterró con ellas en un pantano de ruinas y desesperanza, la dejó hundirse entre la insistencia de explicaciones encontradas, pesadas, contradictorias e irresueltas. Y temió caer y cayó.
En el vértice de un hormiguero sintió sofocarse con el calor de la tierra y estremecerse con el cosquilleo de los múltiples andares vueltos en olas. Una extraña colonia de hormigas funcionaba de prisa y ansiosamente. En ella no había caminos sino rastros de ellos, laberintos que permitían la falta de dirección y la acumulación de comida, aquí y allá. No hacía falta más, por lo que no quiso sentarse. Dejó llevar su cuerpo hacia el sur con un grupo de panzonas aceleradas y espontáneas, sintió el impacto del calor azotándola de pies, pelvis y cuello… los dejó quemar. Andando sin ellos, se arrojó con las balbuceantes cabezonas al norte, quienes picaron su cabeza hasta tragarla entera. Las oleadas de patonas la jalaron al oeste, desistiendo en el afán por sostenerla cuerda, y las patonas del este, quisieron convencer al cuerpo de ser sin su mente, de olvidar aquello que le faltaba. En un cansado esfuerzo, el cuerpo pidió que lo soltaran. Enterrando sus brazos en los surcos de la tierra, soportó el peso de pecho y piernas, se arrastró y sin ojos ni dirección, alcanzó el centro de la colonia. Sintió composta de papel entre sus manos, tinta corrida entre las piernas y lodo duro sobre el torso. Buscó a tientas sus faltas. Los dedos penetraron, cargando hacia así la única que le interesaba. Atoró la pelvis al cuerpo y bañándose del rayo de luz que entraba por aquél hormiguero, germinó una semilla...
Justo ahí, ella nació.